LA OTRA MIRADA

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Amor, la más reciente película de Michael Haneke, confirma la vocación de su autor por incorporar a sus narraciones una mirada extemporánea que va más allá del clásico punto de vista del espectador. Analicemos los logros de esta encomiable producción que ya figura entre las 9 preseleccionadas para el Óscar a Mejor Película Extranjera.

 

No es un demérito que una producción tenga pretensiones de llegar a lugares que le aseguren una gran exposición y acceso a mayor público apelando a los valores de producción. El cuestionamiento viene cuando un realizador sacrifica la buena calidad de su producto final por llenar su película con un reparto de gran cartel, una historia políticamente correcta y en la que prime más el conformismo que el deseo de innovar. De cara al Óscar, es obvio que las películas de Michael Haneke son un valor en sí mismas y dado que el realizador es un habitual ganador en Cannes, su presencia en la terna a Mejor Película Extranjera es inevitable, pero también es cierto que ello no le asegura tampoco el triunfo si tomamos en cuenta el espíritu que prima en la Academia.

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En Amor, la propuesta de Haneke va por un drama intimista acerca de una pareja de ancianos: Georges (Jean-Louis Trintignant, en una extraordinaria caracterización al igual que su contraparte) y Anne (Emanuelle Riva), quienes gozan de un merecido retiro en su apacible departamento parisino sin mayores sobresaltos. Aquí es donde el significado de la palabra Amor comienza a ser motivo de un constante replanteamiento, ya que la exhaustiva contemplación a la que nos remite la existencia de los protagonistas no refleja a este noble sentimiento como el logro de una vida, más bien el ocaso de ambos personajes lo que sugiere es al idílico amor como una idea ilusoria e inevitablemente desgastada por el paso de los años. Lo que tenemos a fin de cuentas es a dos ancianos que han aceptado un juego de roles dentro del cual han llegado a un resignado equilibrio.

Sin embargo, si esta última etapa de la vida conyugal ofrece un sosiego final para los protagonistas, la armonía se rompe abruptamente como un fatídico designio cuando Anne, víctima de la senilidad, empieza a manifestar síntomas de una enfermedad degenerativa que poco a poco comienza a minar su lucidez y su físico, al punto que Georges, incapaz de adaptarse a tamaña situación, comienza a desvariar. Es aquí donde la mirada de Haneke se centra en sus personajes para resaltar el lado siniestro de su drama, sugiriendo mundos retorcidos a partir de su aislamiento en el departamento, el cual pasa a ejercer las veces de una prisión.

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Si hasta los dos primeros tercios de la película, la narración adquiere un sorprendente crecimiento al alimentar la tensión fruto de la metamorfosis de Anne, que cada vez más se aleja de su condición original para convertirse en una extraña y molesta presencia, es aquí donde Haneke explota mejor a sus veteranos actores al hacer hincapié en su natural envejecimiento. Los secundarios, en general, también resultan destacables a pesar de sus muy puntuales apariciones, especialmente Isabelle Huppert  como Eva, la hija de ambos, cuya presencia es el puente natural entre el mundo “normal” y el confuso universo que comienza a envolver a Georges a partir de los males de su mujer, puente que por cierto, comienza a hacerse más distante.

Otro personaje que también termina siendo relevante en la trama es Alexandre (Alexandre Tharaud), un antiguo pupilo de piano de Anne que ha alcanzado el éxito y que marca la frontera que la anciana ha alcanzado respecto de su yo original: el joven resulta de una lucidez y un encanto que obviamente reflejan la condición perdida de la mujer, tal cual ella fuera visitada por un fantasma de su pasado.

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Pero ahí donde se remarca añoranza y nostalgia se contrapone la realidad más tirana y chocante: Anne se queja de dolores, es agresiva y desconfiada, va y viene entre la lucidez y la demencia, es inconscientemente hiriente y avanza en una dolorosa y lenta escalada de la que no hay punto posible de retorno. Es aquí donde la mirada de Georges comienza a desdibujarse, y caemos en la cuenta que el pánico hacia la suerte de Anne ahora ha transmutado en miedo a sí mismo y a verse en similar condición.

La relación de Georges con el mundo real comienza a hacerse errática y desconcertante, añadiendo una línea de lectura complementaria, ya que donde comenzamos a percibir locura desde nuestra propia perspectiva comenzará a tomar forma el método y el único escape posible del personaje. Esa atmósfera turbia y recargada es el terreno donde más cómodamente se mueve Haneke, llevando a sus personajes al límite para sacar de ellos reacciones extremas que contradicen su condición natural.

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Estas figuras creadas hábilmente por el director y las alegorías a estados anteriores de sus protagonistas esbozan poco a poco una mirada que va más allá del clásico punto de vista del espectador: si somos testigos de excepción de la recargada atmósfera que se va tejiendo alrededor de Georges, al punto en que su estado de ánimo y relación con el mundo comienza a ser cuestionado por nosotros mismos, el tramo final que nos reserva la película entra ahora a mundos ilusorios y delirantes, como si a pesar de contemplar la misma y terrena locación hubiéramos ingresado al rincón más oscuro de la mente del anciano, que en medio de su trágico vaivén encuentra una salida real y simbólica a su triste condición.

Esa mirada original de Haneke le da un halo poético a una narración que pudo resolverse convencionalmente, pero que en sus manos completa el cuadro final a través de una metáfora que enriquece al personaje al mostrarlo en una dimensión que el mundo real le niega y descubrir una poética en un acto final que resultaría censurable y rechazado en el mundo real. Esa otra mirada, es finalmente una de las claves de Haneke para desnudar sus mundos, tal cual lo hizo en Caché a partir de la estática contemplación de una fachada o en los finales alternativos de Funny Games. Pero la pregunta más siniestra que nos queda por resolver es ¿qué haríamos en nombre del amor o de lo que supuestamente representa esa idea?

Por Gonzalo Hurtado

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ERRANCIA MUSICAL

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Este documental muestra el recorrido itinerante que hace un camión, a través de los territorios de Extremadura, cuya carga es un escenario portátil en el que se presentan músicos y cantantes del lugar, de lo cuales sobresale el cantautor Luis Pastor, quien aparece en varias secuencias durante la película, volviéndose una suerte de hilo conductor. Lo apreciable de Escenario móvil es la forma en la que el director presenta las provincias y comarcas extremeñas; sin caer en costumbrismos ni en superficialidades que hagan que el documental derive en un reportaje turístico.

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La película además de mostrar lo anteriormente expresado, busca reflejar la vida de los pobladores de la región con sus carencias económicas y problemas cotidianos, pero siempre de un modo sutil y alejado de cualquier afán socializante y menos politizante. Por último, las interesantes secuencias de los minutos finales dejan una sensación un tanto amarga de la vida inmediatamente posterior de los lugareños.

Por César Guerra Linares

RETRATO INTIMISTA

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Ocaña es de esos documentales en los que el personaje al que se dedica todo el metraje hace la película; es decir, es el tipo de documental en que el  personaje da el pulso y conduce el ritmo de las situaciones que se producen. En esta obra esto se da pero de manera más pronunciada, ya que en esta ocasión se trata de un personaje intenso y bastante singular, y del que se puede encontrar más de un ángulo de interés.

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Desde el punto de vista estético este es un documental sin mayores pretensiones ni virtuosismos, pues solo se limita a filmar a Ocaña en un solo ambiente (su habitación) y a combinar esto con imágenes de sus actuaciones y de sus polémicas performances urbanas. No obstante, lo que importa es la relación  de intimidad que se logra entre Ocaña y la cámara que lo filma, porque transmite la naturalidad con que este cuenta aspectos de su vida privada.

Por César Guerra Linares

REALIDAD, INOCENCIA Y VIOLENCIA

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La premisa de “Canino” (Kynódontas 2009) es radical: los tres jóvenes hijos (el Hijo, la Hija mayor y la Hija menor) de un matrimonio griego han vivido recluidos en la mansión de su familia durante toda su vida, en un intento de aislarlos de la “contaminación” del mundo exterior; no hay TV, el teléfono se guarda a siete llaves y los gatos son bestias temibles y asesinas. El Padre, en cambio, sí sale al exterior, pues es el dueño de una fábrica; mientras que la Madre permanece en la casa, relegada y sumisa.

Si fuera una película convencional (o al menos no tan radical) el guión nos revelaría poco a poco los motivos del aislamiento, buscando alguna explicación posible a esta medida extrema, quizás con un  héroe que revela todo tras un largo viaje de descubrimiento, una película como “La aldea” de M. Night Shyamalan, que no me parece mala, aunque su planteamiento es mucho más tradicional. Sin embargo, con “Canino” no estamos ante una película convencional.

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Este planteamiento inicial del director griego Giorgos Lanthimos es muy atractivo, a la vez que transgresor, cuenta con una gran riqueza de imágenes y con conceptos nuevos para viejas palabras (se ha tenido que construir una nueva “realidad” para los hijos). Esta construcción de nuevos significados llega  a ser muy entretenida y fascinante, pues choca con los idiosincrasia previa del espectador: los zombies son inofensivas flores, el mar es un tapiz de cuero gigante, los perros son hermanos  y los aviones que pasan no son más que simples juguetes (algunos incluso llegan a caer en el patio y el que logra recogerlo es merecedor de un premio).

A su vez, la narración de “Canino” se aproxima más a la del documental, con un estilo sobrio y con planos fijos. Aquí el espectador observa pasivamente la rutina diaria de la familia, con sus cenas, juegos y celebraciones, y esta mirada es totalmente objetiva, aunque no exenta de cierto tono lúdico, que se ve también reflejado en las actuaciones de los hijos: naturales, totalmente despreocupadas y, eso sí, muy inocentes. Y hablando de la objetividad y naturalidad, incluso el sexo se nos muestra sin carga subjetiva alguna, totalmente naturalista.

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Está mirada distante y fría que predomina al inicio del metraje cobra una tonalidad diferente (quizás uno empieza a sentir mayor empatía con los personajes) cuando la cotidianeidad se ve alterada por Christina, trabajadora de la fábrica del Padre (el amo y señor de la casa) quien acude a la casa periódicamente para satisfacer el apetito sexual del Hijo.

Es Christina la que lleva a la casa nuevos términos, que el Padre y la  Madre apenas llegan a camuflar, y es ella quien revela la sexualidad a las hijas. Claro, cuando el Padre descubre esto la expulsa de la casa violentamente, es entonces cuando descubrimos lo prepotente y violento que en realidad es.  No obstante, la aparente estabilidad de este sistema “perfecto” se ha quebrado: a falta de Christina el incesto es la única opción para saciar al Hijo, y a su vez evitar la tan temida “contaminación” con el mundo exterior. La Hija mayor es la escogida, finalmente.

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Pero después de este contacto con el mundo exterior, ya nada es igual, la transgresión de la inocencia, o sea la violencia, se abre paso; así, es chocante la escena del gato asesinado con tijeras, pero también la de la consumación del incesto (filmada de forma totalmente distante y sin evidenciar afecto) y la posterior frase de la Hija mayor, quien amenaza de muerte al hermano si la vuelve a tocar. Este rápido despertar hacia la violencia nos hace cuestionar si previamente ya existía una semilla violenta en estos “niños”, y que sólo necesitó de algunas gotas para germinar en este entorno.

Es justamente la Hija mayor quien abre los ojos (despierta) ante el enclaustramiento que ha vivido durante años, es ella quien descubre el teléfono y quien finalmente dará el gran paso hacia el exterior, cuando abre aquella maletera y abre sus ojos hacia un nuevo mundo no puede hacer más que contemplarlo, atónita, y nosotros con ella. ¿Adónde irá?

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 Como se ve, las lecturas que se pueden hacer de “Canino” son muchas, y no se puede negar la importante influencia de Michael Haneke. Algunas apreciaciones podrían resaltar la obvia intención transgresora de este film; otras, su total naturalidad: la música de fondo está prácticamente ausente, y tanto la introducción como el final son abruptos.

En cuanto a mí, yo aprecio la película tanto como la revelación de un mundo exterior fascinante, así como afirmación de que incluso en un ambiente “puro” se puede albergar rastros de aquella violencia que es parte cotidiana del ser humano, y que solo es necesario un pequeño empujón para hacerla brotar.

“Canino”, a fin de cuentas es una película poco convencional, radical y que se enriquece con una segunda visión.

Por Marco Macavilca

UN TENIENTE AL FILO DEL ABISMO

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 Teniente corrupto (1992) de Abel Ferrara narra la historia de un degenerado y enviciado policía (Harvey Keitel) de Nueva York, que a partir de una investigación sobre una violación a una monja se ve forzado a reconsiderar su existencia, y a buscar redención por los pecados cometidos a lo largo de su vida. Este incidente y el de una apuesta suicida (que termina convirtiéndose en un alud) funcionan como el hilo conductor que dirigen y dan coherencia al resto de situaciones por las que el protagonista es arrastrado a lo largo de los noventa y seis tormentosos minutos que dura el filme.

Desde la primera escena en la que escuchamos al célebre locutor de Beisbol Bob Murphy, la película desciende y nos lleva por un intransigente e inquietante viaje hacia los límites de la adicción a las drogas y al alcohol, al sexo retorcido, a la agonía espiritual, al degrado personal y a la pérdida en la fe y la religión. Todo esto lo experimentamos a través de un atormentado pecador que en vez de utilizar su autoridad de oficial para combatir la delincuencia, la destina a satisfacer sus compulsivos y pervertidos deseos. Alguien que tiene tan poco amor en su vida, que compra sexo a cambio de recibir algo de afecto.

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A pesar de las condiciones descritas y de tratarse de un filme que no utiliza la trama de una manera convencional, la cinta encuentra una narración clara, accesible y un ritmo apropiado. Esto gracias al estructurado guión de Abel Ferrara y la fallecida modelo/actriz Zoe Lund, quien además participa en una de las escenas más crudas y explicitas de drogas que recuerde del cine americano. La película nos provee una mirada crítica a una degradada subcultura neoyorquina en una era de perfidia y desilusión.

Ken Kelsch, quien también fotografío el primer largometraje de Ferrara, captura el tono de estos suburbios marginales y con el uso de lentes teleobjetivos y la escaza profundidad de campo, convierte a los espectadores en voyeristas de un infame y desahuciado personaje el cual se encuentra atrapado en medio de una inmensa ciudad, de la cual no tiene salida. Ferrara, centra toda la atención en el teniente, quien participa en todas las escenas, y nos obliga a observarlo clínicamente a lo largo de toda la historia. La cámara en mano, la imperfección técnica, la iluminación naturalista y el uso de las locaciones, terminan por recrear la propuesta documentalista por la que apuesta esta ficción.

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Harvey Keitel, quien interpreta al antihéroe de Teniente corrupto, pasó gran parte de su carrera arriesgándose en cintas independientes y alternativas (Calles peligrosas, Perros de la calle, La mirada de Ulises). En ésta consigue encarnar a este personaje con una incuestionable honestidad, permitiéndonos intimar con un alma perdida y trasladándonos a los límites del sufrimiento, la ira y la autodestrucción. Keitel se desnuda de cuerpo y alma, y nos hace recordar al Paul que Marlon Brandon interpretó en El último tango en París (1972). Al mismo tiempo, por sus actos de violencia y exabrupto, nos evoca al depravado personaje de Terciopelo azul (1986) Frank Booth, interpretado por el desaparecido Dennis Hopper.

A lo largo de la cinta, el teniente se comporta indignamente: fuma crack, se inyecta heroína, roba dinero de pandilleros y hasta le vende inmunidad a los delincuentes a cambio de drogas. Sin embargo, el momento más impactante de la película y probablemente uno de los más controversiales de la historia del cine, se encuentra en la escena en la que detiene a dos chicas que están manejando sin permiso el carro de sus padres. Primero las amenaza con arrestarlas y luego a cambio de dejarlas ir las obligaba a participar en un acto de violación verbal.

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Todas las situaciones descritas, se encuentran hiladas por una arriesgada apuesta de un juego de siete partidos entre los equipos de beisbol Los Mets y Los Dodgers, de la cual el teniente no consigue salir. Con las pérdidas de cada día, el protagonista se comienza a hundir cada vez más en las deudas, subiendo la barrera y el monto de la apuesta para él mismo y para la audiencia, hasta el punto en que nos sentimos atrapados junto a él en medio de un agobiante corredor en el que las paredes lentamente se nos empiezan a cerrar.

 

Añadido a esto, el teniente, quien en un inicio no le tomó importancia a la violación de la monja, descubre que ella no solo está dispuesta a perdonar a sus atacantes, sino que además expresa gran simpatía por ellos. Ante esto se cuestiona; si una mujer es capaz de perdonar un crimen de esa magnitud, ¿la absolución todavía será posible para él? Keitel se enfrenta a una crisis de conciencia. Sus intenciones por salvarse, empiezan a surgir, pero lo hacen demasiado tarde. En una reveladora escena intenta disculparse con un Jesucristo que imagina en una iglesia. El teniente por momentos ya no puede distinguir los confines de la realidad. Sus remedios temporales, las drogas y prostitutas, han dejado de funcionar. Todo lo que le queda son sentimientos de autoaversión, culpa, desasosiego y deseos de salvación.

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Teniente corrupto, finalmente es una parábola sobre el pecado, la adicción y la redención. Una película, que como su subversivo héroe, convive con el placer y el riesgo de ir demasiado lejos. Tal como lo expresa en una de las escenas el personaje de Zoe Lund: “tenemos que comernos a nosotros mismos hasta que no nos quede nada más que apetito”.

Por Claudio Figari