VISIONES DEL FIN DEL MUNDO

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¿Apocalipsis?, ¿esquizofrenia? Curtis (Michael Shannon) vive apaciblemente con su familia en una de las tantas zonas rurales de la enorme América; pero hay algo que cuestiona su felicidad, cuando duerme le atormentan sueños funestos: tormentas inmensas; ataques por parte de su perro, extraños e, incluso, personas cercanas. Surge entonces una idea en Curtis, el fin del mundo está cerca y él debe construir un refugio para proteger a su familia de una tormenta apocalíptica que barrerá con todo.

En términos psiquiátricos, para esta situación se podría aplicar el término delusión. Esta no es otra cosa que un juicio falso, algo de lo que el sujeto está totalmente convencido siendo esto falso, como parece ser el caso de Curtis. La misma estructura de la película nos invita a pensar esto, no es en vano que se nos hace saber el antecedente de esquizofrenia en la madre de Curtis, lo que marcó su infancia y destruyó su familia.

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Las ideas paranoides poco a poco toman un lugar principal en la vida de Curtis, se siente amenazado no solo por la tormenta en ciernes, sino también por otros. Aquel sueño violento en que es atacado salvajemente por su perro repercute en que, primero, encierre al perro (que hasta ese momento vivía apaciblemente dentro de la casa) y, luego, lo regale. Otra amenaza es percibida en su amigo Dewart a quien sueña persiguiéndole con una pala. Su amistad con él se arruinará debido a su paranoia. Progresivamente estas delusiones paranoides toman mayor importancia en la mente de Curtis, hasta convertirse en el eje central de sus actos; lo que lo lleva a una conducta totalmente disfuncional: efectúa un préstamo enorme para construir su refugio, usa maquinaria pesada ilegalmente y a la par oculta todo esto a Samantha, su esposa (un nuevo gran papel para la ascendente Jessica Chastain). Cabe mencionar, además, el papel protector de Curtis con su hija, quien es sorda.

Una escena notable es aquella de la “explosión” de Curtis en el almuerzo de su comunidad. Si hasta ese momento había estado guardando para sí su paranoia, al fin la deja aflorar y advierte a toda la comunidad sobre la hecatombe por venir. Magnífica, por cierto, la actuación de Shannon en esta escena, con un tono alto, casi furioso. Aunque se debe mencionar que el actor está formidable en todo el metraje.

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Si hasta este momento he dado una lectura racional a la historia es porque la misma narración nos induce a considerarlo así, no en vano se menciona su visita a los terapeutas y luego al psiquiatra, no en vano se hace una pequeña mención a los síntomas del DSM-IV para la esquizofrenia, y no en vano se hizo referencia al antecedente esta misma enfermedad en la familia de Curtis. El clímax mismo de la película nos hace concluir esto: una tormenta se aproxima, la familia se refugia. Al día siguiente, tras una epifanía, Curtis sale del refugio y observa que casi nada ha pasado, sólo fue una tormenta más, no era el fin del mundo. Curtis está listo ahora para iniciar tratamiento psiquiátrico puesto que ahora sabe que todas esas ideas habían surgido de su mente.

Sin embargo, el final ambiguo de Jeff Nichols cuestiona nuestras conclusiones racionales: frente al mar Curtis ve aproximarse una tormenta colosal, y no hay refugio que los proteja, su esposa ahora también ve acercarse el apocalipsis. ¿Acaso era Curtis un profeta de nuestros días y predijo el fin del mundo?, el final en cierta forma siembra esa duda. Ahora bien, otras lecturas también son posibles sobre este desenlace: La primera, es otro sueño de Curtis, el hecho de que su esposa vea también la tormenta significa que su subconsciente acepta que su esposa ahora conoce sus temores, sabe a qué le teme, sea esto falso o no, y juntos como familia tratarán de encarar esta terrible tormenta que es su enfermedad. Otra lectura, estamos ante una psicosis compartida, una folie à deux, en la que ambos esposos perciben este apocalipsis y empiezan a compartir la paranoia.

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Ahora bien, “Take Shelter” es también el retrato de la América profunda de nuestros días: vidas apacibles pero bajo el yugo de la recesión, con hipotecas que los estrangulan, seguros médicos que apenas cubren sus necesidades y con la constante amenaza del desempleo y la miseria. O sea, una vida en constante temor, una vida paranoica. ¿Acaso Jeff Nichols no ha hecho más que dibujar una metáfora de nuestros tiempos? Como mencioné, son muchas las lecturas que se pueden hacer de esta película. Les recomiendo además una segunda visión de la misma, se gana mucho.

Jeff Nichols es considerado uno de los directores americanos jóvenes con más proyección, y lo refrenda con esta obra. Espero con ansías disfrutar del resto de sus películas.

Por Marco Macavilca Cruz

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PAUL THOMAS ANDERSON NOS EMBRIAGA DE AMOR

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Embriagado de amor (2002) de Paul Thomas Anderson, narra la historia de Barry Egan (Adam Sandler), un triste y solitario personaje, que a causa del maltrato de sus siete hermanas vive en un constante estado de odio y represión. Barry, vestido con terno y corbata azul resplandeciente, conoce a Lena Leonard (Emily Watson), una tímida y recatada compañera de trabajo de una sus hermanas y se embarca en una extraña relación con ella.

Desde la primera escena Anderson nos sumerge en el insólito, vacío e inconexo mundo de Barry y al mismo tiempo establece tres temas centrales de la película. El primero: la soledad. Esto lo hace mediante el uso de un amplio y extenso plano de casi dos minutos, en el que observamos al protagonista conversar por teléfono. El exceso de vacío nos termina transmitiendo la sensación de aislamiento y distancia emocional del personaje.

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El segundo es el uso del teléfono, el cual es el único medio por el que Barry puede comunicarse con la gente y además porque funciona como el portal por el que es acechado por su familia y una operadora de una línea de sexo (situación que será explicada más adelante). El tercero es el color azul, tonalidad que se encuentra tanto en la pared de su oficina, como en su traje, y que además sirve como el matiz que lo identifica a lo largo del filme. Este escenario cromático cambia cuando conoce a Lena, quién con un vibrante rojo hace su entrada a la paleta de color de Barry y señala un cambio en su monótona vida.

Barry y Lena se conocen y en su primera cita salen a comer. Durante la cena él se va al baño y sin motivación alguna destruye el lugar. Seguidamente regresa a su sitio y pretende como si nada de esto hubiese pasado. Lena le señala que su mano está sangrando y a los pocos minutos son invitados a salir del restaurante. Sin embargo, ella continúa la noche como si nada hubiese pasado. Este episodio no es el único en el que Barry manifiesta su excesiva violencia. En una comida familiar destroza los vidrios de una mampara y a los pocos minutos, mediante lágrimas, le confiesa a su cuñado que él a veces llora sin razón alguna.

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A pesar que Embriagado de amor explora temas como el de la soledad, el odio, el amor y la sexualidad; al mismo tiempo deja muchas interrogantes abiertas sobre estos contenidos. Por ejemplo: ¿Qué es lo que Lena verdaderamente ve en Barry? ¿Por qué él parece siempre estar al límite de sus emociones? ¿Por qué de pronto ha empezado a utilizar un terno azul? Lo interesante de esta película justamente se encuentra en esos detalles ocultos, que generan cierta ambigüedad y permiten al espectador terminar de componer la historia.

No obstante el filme cumple con las reglas básicas de una comedia romántica, la cual dicta que el camino hacia el amor debe estar rodeado de obstáculos. Para empezar están sus siete hermanas, las cuales mediante burlas, humillaciones y traiciones lo arroyan constantemente. Como si esto no fuese suficiente, Barry es acechado por cuatro hermanos enviados de Utah por Dean (Philip Seymour Hoffman), un presumido criminal, dueño de una línea de sexo. Barry, a una de sus empleadas, le entregó el número de su tarjeta de crédito y otra vital información y ahora se ha convertido en el foco de una brutal extorción.

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Todas estas complicaciones son acompañadas por la esquizoide banda sonora de Jon Brion, la cual pasa en cuestión de segundos de ser romántica a aterradora. Robert Elswit, quién también fotografió los tres primeros filmes de Thomas Anderson, utiliza vertiginosos desplazamientos de cámara para aumentar la presión en Barry, quién se encuentra atrapado en medio de una oferta de budines, una operadora de sexo, un grupo de matones, sus siete hermanas y el estrés del trabajo. Elswit, al mismo tiempo experimenta con la luz y los colores, brindando alegría, romance y un contrapunto con la afligida vida de Barry Egan.

En los momentos finales de Magnolia (2000), anterior filme del mismo realizador, el personaje de Donnie Smith le confiesa al policía Jim Kurring: “Tengo tanto amor para dar, solo que no sé en donde ponerlo”. En el último acto de esta película Egan le revela a Dean: “Tengo amor en mi vida, y eso me da más fuerza de lo que tú jamás podrías entender”.

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Embriagado de amor finalmente es el retrato de un desadaptado y atormentado hombre, de alma y carácter infantil, que ha sido emocionalmente dañado más allá de posible reparación. Alguien que improbablemente encuentre amor a menos que éste lo encuentre a él. En esta ocasión Lena halla a Barry, causando por primera vez en su triste, caótica y solitaria vida una erupción de gracia y amor.

Por Claudio Figari

SUSHI TYPHOON: MÁS ALLÁ DE LAS NIÑAS FANTASMAS

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Había terminado la función. La gran mayoría del público se encontraba rascándose la cabeza, preguntándose si es que lo visto en pantalla no había sido una alucinación. El distribuidor, orgulloso, se acercó al frente de todos, micrófono en mano, dispuesto a presentar al responsable de la cinta que se acababa de proyectar.

No hubo ni acabado la segunda oración cuando un alarido desde la puerta hizo a todos dar la vuelta. Entró corriendo un japonés bajito, calvo, de lentes gruesos, ataviado en nada más que un Pampers y lanzando encima de todos un bebé de plástico cubierto de sangre, el cual hacía revolver sobre su cabeza al estilo vaquero con lo que parecía ser un cordón umbilical. Algunos reían, presa de los nervios; otros celebraban la ocurrencia; y los restantes se preguntaban qué estaba pasando y donde se habían ido a meter.

La película era de zombies y se llamaba Helldriver; el loco del pañal era su director, Yoshihiro Nishimura, para quien el nada pudoroso espectáculo era una típica noche de jueves.

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Especialista en efectos especiales y conocido como el “Tom Savini Japonés”, Nishimura es además director y guionista. Forma parte además de Sushi Typhoon, productora dedicada al cine de horror y fantástico de bajo presupuesto, con una especial dedicación al gore. Es una subsidiaria de la Corporación Nikkatsu, una de las productoras más antiguas de Japón, especialistas en, entre otros, cine de gángsters y cine erótico.  

Entre sus miembros se encuentran el camaleónico e impredecible Takashi Miike (de quien se puede esperar literalmente cualquier cosa), Noboru Iguchi y Sion Sono, entre otros. Todos son jóvenes promesas del cine de género nipón y todos se han encargado de darle un nuevo rostro a su cine, alejado de las acostumbradas historias de fantasmas al estilo de El Aro y la ya trillada imagen de las niñas fantasmales de largo cabello negro. Aquí, la imaginación no tiene límites y todo lo que se conoce como buen gusto ha sido lanzado a un pozo.

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Todas las películas siguen una simple regla: incluir todo el gore que se les pueda ocurrir, sangre y vísceras al por mayor, todo presentado con efectos prácticos: látex, plástico, mermelada de fresas, lo que sea necesario. Hoy en día, el público está tan acostumbrado a los efectos digitales, que resulta una novedad ver a realizadores que prefieren volver a lo básico, recordando a aquellos filmes de terror ochenteros que definieron lo que es el cine B. Ese es justamente el espíritu que esta productora quiere recuperar.

Typhoon empezó a lo grande en el 2010 con Alien vs. Ninja de Seiji Chiba, cuyo título prácticamente lo dice todo. Le siguieron Mutant Girls Squad, una colaboración entre Nishimura, Iguchi y el también actor Tak Sakaguchi, un grupo de mutantes femeninas entre las que se podía ver a una cheerleader con una sierra “rectal” y una grotesca bailarina de vientre a quien nadie desearía ver bailando.

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Entre las otras obras demenciales de la productora están Deadball, un duelo entre equipos de béisbol (que no tiene nada que ver con el deporte), el thriller Cold Fish de Sion Sono y Karate Robo-Zaborgar, casi un filme familiar basado en la serie setentera Denjin Zaborger, parte del venerable género del tokusatsu, o de superhéroes, el mismo que vio nacer a Godzilla y Masked Rider. Pero es Helldriver, el segundo filme de Nishimura, el momento más bizarro de la aún joven productora.

Un sector de Japón es aislado del resto del país luego de que una lluvia de meteoritos causa una infestación de zombies. El gobierno recluta a Kika, una colegiala (el eterno fetiche japonés) para infiltrarse en esta zona de nadie y dar caza a la lideresa de los muertos vivientes – su propia madre. La joven lleva consigo una espada motorizada, conectada al motor diesel que lleva implantado en el pecho.

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Lo que sigue a partir de esta premisa es Nishimura poniendo todas las ideas grotescas que se le puedan ocurrir en pantalla. Litros y litros de fluido arterial, peleas de artes marciales, un auto hecho con partes humanas, un guerrero utilizando espinas dorsales como látigos, el mentado bebé zombie, en fin. El director incluso se da maña para incluir un poco de sátira social – existen protestas pidiendo derechos civiles para los zombies – pero eso queda en nada al compararlo con la imagen del presidente japonés y su bigote al estilo Hitler. Esta no es una película para tomarse en serio.

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Lo que es, es una dinámica, divertida y políticamente incorrecta película de acción, un paraíso para los amantes del cine gore, al mejor estilo de las primeras obras de Peter Jackson, como Dead Alive o Mal Gusto, donde la trama era secundaria y todo dependía de la imaginación del realizador. Aún no está claro si Yoshihiro Nishimura es un genio incomprendido o sólo un loco de atar, pero Helldriver es un perfecto resumen de lo realizado en Sushi Typhoon. Puede no ser para todos los gustos, pero ver los filmes de Iguchi y compañía es, literalmente, algo nunca antes visto: hacen del cine B, un arte.

Por Ernesto Zelaya

DIEZ MEJORES PELÍCULAS VISTAS EN LA BERLINALE 2013

Nuestro colaborador Juan Carlos Fangacio asistió, en el mes de febrero, al Festival de Cine de Berlín 2013 en el que pudo ver varias películas. En este artículo nos entrega textos muy breves, a modo de cápsulas, sobre los que él considera los diez mejores filmes que vio en dicho certamen. A continuación, sus apreciaciones.

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El gigantesco Festival de Cine de Berlín culminó el último fin de semana con un balance siempre irregular: mientras algunas películas quedarán en el olvido, otro nutrido grupo estará, seguramente, entre lo más comentado y aclamado del año.

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La gigantesca programación también impide revisarlo todo. No vi, por ejemplo, lo presentado por Hong Sang-soo, Ulrich Seidl, Gus Van Sant, David Gordon Green o Wong Kar Wai, todos nombres que crean siempre mucha expectativa.
Pero de lo que sí pude atrapar surge este ranking con los 10 mejores títulos de la Berlinale. Casi todos imperdibles.
10. The Look of Love (Michael Winterbottom)
 
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El director inglés cuenta una historia real de gloria y desgracia, de excesos y crisis, en torno al pornógrafo y empresario Paul Raymond. No es su película más lograda, pero destaca por la actuación del gran Steve Coogan, con quien ya había colaborado en ’24 Hours Party People’ y ‘The Trip’.
9. Side Effects (Steven Soderbergh)
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La (supuesta) última cinta del aclamado cineasta antes de su retiro indefinido. Una mirada al oscuro mundo de las empresas farmacéuticas que se caracteriza por la intriga, los giros argumentales, y la ya conocida estética de Soderbergh. Una efectiva película que cautiva, hipnotiza con facilidad.
8. Child’s Pose (Calin Peter Netzer)
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El cine rumano está dando la hora, sin duda. Esta cinta fue la ganadora del Oso de Oro y sus méritos saltan a la vista en un relato vibrante, perturbador y muy realista sobre las diferencias sociales en el país, en paralelo con un fuerte conflicto familiar entre una madre sobreprotectora y un hijo inmaduro.
7. Harmony Lessons (Emir Baigazin)
 
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Sorprendente ópera prima desde Kazajstán, que no se estanca solo en su formidable trabajo fotográfico, sino que se adentra en el problema del maltrato escolar para reflexionar sobre los juegos de poder, la corrupción, y la violencia incontenibles en una cultura que parece lejana, pero cuyos fantasmas terminan siendo bastante universales.
6. A Visitor from the Living / The Report Karski (Claude Lanzmann)
 
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Cuando el director francés estrenó su épico documental de 10 horas ‘Shoah’ (1985), sobre el genocidio Nazi, remeció a Europa y buena parte del mundo. De ese trabajo se descartaron varias valiosas entrevistas, y dos de ellas se transformaron en sendas películas que se incluyeron en el homenaje dedicado a Lanzmann. Documentos cinematográficos e históricos de un valor incalculable, que sorprenden por su fuerza y su llamado a la memoria.
5. Vic + Flo Saw a Bear (Denis Côté)
 
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Arriesgado trabajo de ficción del canadiense, luego de su documental ‘Bestiaire’ (2011). Y aunque de distintos géneros, ambos trabajos comparten varios puntos en común: desde su estética de planos fijos elegantes y armoniosos, hasta su auscultación de la brutalidad animal/humana que llega a límites insospechados cuando ve menoscabada su libertad. Una propuesta polémica, pero refrescante.
4. Camille Claudel 1915 (Bruno Dumont)
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El ya conocido uso de no actores en el cine de Dumont se repite, pero ahora gira en torno a una notable interpretación, la de Juliette Binoche, quien brilla e impacta como la famosa escultora confinada en una institución mental, rodeada de enfermos mentales reales. La intensa historia es filmada con sobriedad, y con destellos religiosos y artísticos que hacen trascender la tragedia narrada.
3. The Act of Killing (Joshua Oppenheimer)
 
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Quizá el documental más controversial del festival. El cineasta americano viaja a Indonesia y contacta a los autores del genocidio de 1965, en que se aniquiló a más de un millón de personas. Los asesinos, lejos de mostrar arrepentimiento, se muestran orgullosos de sus actos y deciden representarlos a la manera de películas de Hollywood. El espectáculo, que raya en lo absurdo y lo aterrador, deja huella en la mente. Una experiencia arrolladora y de inédita fuerza.
2. Before Midnight (Richard Linklater)
 
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La mejor película de la trilogía que también conforman ‘Before Sunrise’ (Antes del amanecer) y ‘Before Sunset’ (Antes del atardecer). La historia de amor de 20 años entre Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) se centra ahora en las complejidades de un matrimonio. Divertida y desgarradora a la vez, encuentra en este equilibrio la clave para continuar la misma premisa de largos diálogos en los que se reflexiona sobre los dilemas de una relación.
1. Pardé o Closed Curtain (Jafar Panahi)
 
Jafar Panahi Pardé
Nuevamente desde el arresto domiciliario y con la prohibición de filmar que le impone el gobierno iraní, Panahi reta a la opresión con una película llena de metáforas y simbolismos. Espléndidamente filmada -a pesar de las limitaciones-, ‘Closed Curtain’ está llena de sufrimiento y traumas, pero que se eleva como un grito de celebración y liberación por y para el cine. La unión entre documental y ficción alcanza también un punto cumbre en esta auténtica obra maestra.
Por Juan Carlos Fangacio Arakaki