SENTIMIENTOS REGIDOS POR UNA TRADICIÓN

Hatuna_meuheret

Dover Koshashvili – La Mujer de mi Vida (Hatouna Mehuheret, 2001)

La Mujer de mi Vida es la primera película escrita y dirigida por Dover Koshashvili, cineasta de origen judío nacido en Georgia (ex República de la URSS). La Mujer de mi Vida es una comedia con toques de drama, más precisamente diríamos que es una comedia agridulce, por lo mismo no se trata de una cinta ligera que sólo busque hacernos reír sino que por el contrario nos lleva de la risa -a veces por su mordacidad- a la seriedad, al desconcierto e incluso a la reflexión.

La historia se desarrolla en la ciudad de Haifa (Israel) y nos cuenta la vida de Zaza, hombre de 31 años – interpretado por Lior Louie Ashkenazi – egresado de filosofía que busca hacer un doctorado en su especialidad y que todavía vive con sus padres. Pertenece a una familia tradicional de Georgia emigrada a Israel compuesta por su madre Lili (Lili Koshashvili), su padre Yasha  (Moni Moshonov) y otros parientes como su hermana, abuelo y tíos.

La primera parte de la película en sus secuencias iniciales nos presenta a los tíos de Zaza en situaciones familiares, este conjunto de imágenes sumado a los diálogos que se dan entre ellos nos ponen frente a esa cotidianidad; según lo visto hasta aquí estaríamos ante una comedia familiar y de costumbres de un determinado grupo étnico pero al avanzar la historia, tal cotidianidad se convertirá en un aspecto que formará parte de algo más complejo. Luego, en otra secuencia vemos a Zaza llevado por sus padres contra su voluntad (quién sabe qué número de vez) a la casa de una familia para que se comprometa y contraiga matrimonio, pues según la tradición a su edad él ya debiera estar casado y con hijos. Está muy bien tratada la secuencia cuando este llega a dicha casa.

Las situaciones que se dan en dicho lugar son algo que con matices debe ocurrir en muchas familias que siguen tradiciones similares; asimismo es buena la escena en la que Zaza conversa con su  “prometida”, una chica de apenas 17 años. Todo lo expuesto hasta ahora nos presenta a Zaza como una persona dependiente de sus padres no sólo en lo que respecta a la elección de pareja y en lo económico sino también en otros aspectos de su vida. Todo esto consigue que la película se vuelva cada vez más interesante.

Después, de la secuencia del virtual compromiso matrimonial ingresamos a la que será la segunda parte de la cinta (digo esto por el cambio de registro que se produce a partir de aquí  además de otros hechos que nos indican ello), que nos descubrirá la otra vida de Zaza, cuando la cámara registra el momento en que Zaza va a la casa de Judith (Ronit Elkabetz) una mujer tres años mayor que él con la que mantiene una relación desde meses atrás.

Aquí se observa por primera vez a Zaza relajado y liberado, ya que está con una mujer a la que sí desea y a la que aparentemente ama y que por supuesto sí ha elegido; el problema con ella es que es divorciada y tiene una pequeña hija, lo que agravará los problemas con los muy conservadores padres de Zaza.

Hay dos secuencias que destacar en esta parte: la primera es la de la relación sexual entre Zaza y Judith, porque en ella percibimos naturalidad y compenetración entre los actores tanto en la relación misma cuanto en los diálogos. Estos aparentemente no tienen que ver con el acto sexual en sí, pero bien podrían darse en cualquier relación poscoital, como cuando ella le habla sobre la diferencia entre magia y brujería. Luego entenderemos por qué Judith habló del asunto, o los juegos que ambos practican incitados por Zaza.

Hasta aquí todo marcha bien si no fuera porque la secuencia referida tiende a alargarse y hace que perdamos un poco el interés que nos hizo sentir en los primeros momentos, tal vez el director haya tratado de hacernos vivir una relación postcoital en su tiempo real lo que no consigue en su totalidad. Esta observación, sin embargo, no desmerece dicha secuencia que es por de más buena.

La otra secuencia es quizá la más fuerte por su contenido dramático, ocurre cuando los padres y parientes de Zaza entran a la casa de Judith, quienes le recriminan seguir manteniendo la relación con ella. Debo decir que mientras veía todo eso me ponía a pensar desde una visión occidental: “qué irracionales e intolerantes son estas personas”, pero luego al reflexionar más detenidamente me dije que ellos sólo siguen una tradición y no pueden hacer otra cosa que continuarla; en otro contexto esa situación tal vez me hubiera parecido algo anacrónica.

En la parte final, se observa a Zaza que ha decidido seguir y acatar la tradición de su familia y por lo tanto casarse, lo cual sabemos que ha hecho pues no tiene otra alternativa. La mujer como no podía ser de otro modo fue escogida por sus padres. Así en la boda vemos a Zaza reunido con ellos y sus invitados. Esta secuencia es la más desconcertante y dura de la película ya que a pesar de que vemos al novio contento y en plena celebración, observamos un rostro que deja entrever tristeza y melancolía. Para ejemplificar a que me refiero mencionaré un par de escenas que nos dan a entender esto, una es cuando Zaza está al lado de su esposa e invita a subir a la “mujer de su vida” que no es otra que su madre pero en el fondo sabemos que quisiera que fuera Judith; la otra es la frase que se dice en una escena que podría servir de resumen y de tono general de la película y es cuando Zaza pide a los músicos que toquen  una melodía “agridulce.”

En conclusión, La Mujer de mi Vida es una película realmente valiosa que demuestra que se puede contar una historia simple y a la vez tocar temas profundos sobre una realidad actual a la que el director critica de manera mesurada y fina; sin darle por ello al espectador discursos ejemplarizadores y menos acercarlo a un sentimentalismo lleno de lágrimas gratuitas.

Por César Guerra Linares

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