UN TENIENTE AL FILO DEL ABISMO

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 Teniente corrupto (1992) de Abel Ferrara narra la historia de un degenerado y enviciado policía (Harvey Keitel) de Nueva York, que a partir de una investigación sobre una violación a una monja se ve forzado a reconsiderar su existencia, y a buscar redención por los pecados cometidos a lo largo de su vida. Este incidente y el de una apuesta suicida (que termina convirtiéndose en un alud) funcionan como el hilo conductor que dirigen y dan coherencia al resto de situaciones por las que el protagonista es arrastrado a lo largo de los noventa y seis tormentosos minutos que dura el filme.

Desde la primera escena en la que escuchamos al célebre locutor de Beisbol Bob Murphy, la película desciende y nos lleva por un intransigente e inquietante viaje hacia los límites de la adicción a las drogas y al alcohol, al sexo retorcido, a la agonía espiritual, al degrado personal y a la pérdida en la fe y la religión. Todo esto lo experimentamos a través de un atormentado pecador que en vez de utilizar su autoridad de oficial para combatir la delincuencia, la destina a satisfacer sus compulsivos y pervertidos deseos. Alguien que tiene tan poco amor en su vida, que compra sexo a cambio de recibir algo de afecto.

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A pesar de las condiciones descritas y de tratarse de un filme que no utiliza la trama de una manera convencional, la cinta encuentra una narración clara, accesible y un ritmo apropiado. Esto gracias al estructurado guión de Abel Ferrara y la fallecida modelo/actriz Zoe Lund, quien además participa en una de las escenas más crudas y explicitas de drogas que recuerde del cine americano. La película nos provee una mirada crítica a una degradada subcultura neoyorquina en una era de perfidia y desilusión.

Ken Kelsch, quien también fotografío el primer largometraje de Ferrara, captura el tono de estos suburbios marginales y con el uso de lentes teleobjetivos y la escaza profundidad de campo, convierte a los espectadores en voyeristas de un infame y desahuciado personaje el cual se encuentra atrapado en medio de una inmensa ciudad, de la cual no tiene salida. Ferrara, centra toda la atención en el teniente, quien participa en todas las escenas, y nos obliga a observarlo clínicamente a lo largo de toda la historia. La cámara en mano, la imperfección técnica, la iluminación naturalista y el uso de las locaciones, terminan por recrear la propuesta documentalista por la que apuesta esta ficción.

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Harvey Keitel, quien interpreta al antihéroe de Teniente corrupto, pasó gran parte de su carrera arriesgándose en cintas independientes y alternativas (Calles peligrosas, Perros de la calle, La mirada de Ulises). En ésta consigue encarnar a este personaje con una incuestionable honestidad, permitiéndonos intimar con un alma perdida y trasladándonos a los límites del sufrimiento, la ira y la autodestrucción. Keitel se desnuda de cuerpo y alma, y nos hace recordar al Paul que Marlon Brandon interpretó en El último tango en París (1972). Al mismo tiempo, por sus actos de violencia y exabrupto, nos evoca al depravado personaje de Terciopelo azul (1986) Frank Booth, interpretado por el desaparecido Dennis Hopper.

A lo largo de la cinta, el teniente se comporta indignamente: fuma crack, se inyecta heroína, roba dinero de pandilleros y hasta le vende inmunidad a los delincuentes a cambio de drogas. Sin embargo, el momento más impactante de la película y probablemente uno de los más controversiales de la historia del cine, se encuentra en la escena en la que detiene a dos chicas que están manejando sin permiso el carro de sus padres. Primero las amenaza con arrestarlas y luego a cambio de dejarlas ir las obligaba a participar en un acto de violación verbal.

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Todas las situaciones descritas, se encuentran hiladas por una arriesgada apuesta de un juego de siete partidos entre los equipos de beisbol Los Mets y Los Dodgers, de la cual el teniente no consigue salir. Con las pérdidas de cada día, el protagonista se comienza a hundir cada vez más en las deudas, subiendo la barrera y el monto de la apuesta para él mismo y para la audiencia, hasta el punto en que nos sentimos atrapados junto a él en medio de un agobiante corredor en el que las paredes lentamente se nos empiezan a cerrar.

 

Añadido a esto, el teniente, quien en un inicio no le tomó importancia a la violación de la monja, descubre que ella no solo está dispuesta a perdonar a sus atacantes, sino que además expresa gran simpatía por ellos. Ante esto se cuestiona; si una mujer es capaz de perdonar un crimen de esa magnitud, ¿la absolución todavía será posible para él? Keitel se enfrenta a una crisis de conciencia. Sus intenciones por salvarse, empiezan a surgir, pero lo hacen demasiado tarde. En una reveladora escena intenta disculparse con un Jesucristo que imagina en una iglesia. El teniente por momentos ya no puede distinguir los confines de la realidad. Sus remedios temporales, las drogas y prostitutas, han dejado de funcionar. Todo lo que le queda son sentimientos de autoaversión, culpa, desasosiego y deseos de salvación.

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Teniente corrupto, finalmente es una parábola sobre el pecado, la adicción y la redención. Una película, que como su subversivo héroe, convive con el placer y el riesgo de ir demasiado lejos. Tal como lo expresa en una de las escenas el personaje de Zoe Lund: “tenemos que comernos a nosotros mismos hasta que no nos quede nada más que apetito”.

Por Claudio Figari

23 AÑOS DE “SEXO, MENTIRAS Y VIDEOTAPE”

En 1989, Steven Soderbergh, con tan solo veintiséis años, se convirtió en el director más joven en ganar la palma de oro en el festival de Cannes. La película en acreditarse con el mencionado trofeo fue Sexo, mentiras y videos (1989), cinta que según contó el propio realizador fue escrita en ochos días en un viaje que realizó al interior de Estados Unidos.

El filme gira en torno a la relación de cuatros jóvenes y una cámara de video.  Dos de ellos, John (Peter Gallagher) un licencioso abogado y Ann (Andie MacDowell) una atractiva y frígida ama de casa, están casados. Ella siente seguridad y estabilidad en su matrimonio, gracias a que ignora que John le es infiel con su hermana Cynthia (Laura San Giacomo).  A este enrevesado triangulo ingresa Graham (James Spader),  amigo de la infancia de John a quien no ve hace nueve años.

 

Graham es impotente y ha decidido dejar de tener relaciones. Extrañamente  encuentra que hablar de sexo es más interesante que practicarlo.  Él tiene mucho control sobre la mente de las mujeres y utiliza este dominio para lograr hacer que ellas le cuenten sus deseos, fantasías y experiencias sexuales, mientras él las graba con su cámara de video.

Tanto la interpretación de Spader, como la de MacDowell traen un nivel de naturalidad y sofisticación a la película similar al logrado en las mejores cintas de Rohmer y Cassavetes. Posiblemente uno de los mayores aportes y aciertos de Soderbergh fue crear las condiciones apropiadas para conseguir este realismo.

Para lograrlo trabajó con los actores de forma heterodoxa; les permitió improvisar, experimentar y desdramatizar a lo largo de casi toda la película. Prescindió del maquillaje para lograr humanizar más a los personajes (cosa inusual en el cine americano), empleó un ritmo más pausado en los diálogos y utilizó locaciones e iluminaciones realistas, que le permitieron al actor sentirse más como en la vida real y no en un set de filmación.

Si bien la película emplea un estilo visual bastante clásico y austero, algunas escenas reflejan la predisposición que Soderbergh tuvo desde un inicio por la experimentación. Principalmente esto ocurre en dos secuencias. En la primera utiliza un recurso infrecuente de edición conocido como ‘match cut’. La técnica es empleada después que Ann sale de su casa y sube a su carro para dirigirse donde Graham. Una vez dentro del auto se tapa los oídos con las dos manos, corte y ahora ella se encuentra afuera del edificio de Graham. Sin embargo, sus manos se mantienen en la misma posición que en la escena anterior, solo que ahora está en otro tiempo y lugar.

 

La segunda es la escena en la que John y Cynthia tienen relaciones relaciones sexuales. El acto está extraordinariamente filmado. Tan solo dispone de dos planos de escasa duración. En el primero utilizan el ‘reverse zoom’ para recrear o sugerir el orgasmo de Cynthia y la intensidad del acto sexual. Mientras que en el último, simplemente vemos verticalmente a Cynthia caer en cámara lenta a la cama e indicarle a Peter que se retire.

Otra escena que tiene mucho poder es en la que Ann visita a Graham en su departamento. Repentinamente se topa con unos casetes y le pregunta por el significado de estos. Él con total honestidad le cuenta que son grabaciones de mujeres hablando sobre sexo. Ante tal franqueza, Ann se siente intimidada, horrorizada, y al mismo tiempo fascinada. Tanto así que, en una escena posterior, termina confesándose para la cámara.

La sutileza con la que están narradas las dos escenas, resulta casi hipnótico. La actuación de los dos actores en esta secuencia en particular es realmente notable. Spader a través de su voz, ambigua sonrisa y mirada consigue expresar; perversidad, desesperación, dolor y satisfacción. Mientras que la postura física, como el rostro de MacDowell denotan una enajenación tal de la situación que por un momento nos olvidamos que estamos ante la interpretación de una actriz.

El impacto que Sexo, mentiras y videos (1989) tuvo en su fecha de estreno fue tan grande que todavía sigue teniendo repercusiones en la industria del cine independiente. No solo porque fue el punto de inflexión del estudio de cine Miramax, o porque le allanó el terreno a nuevos realizadores como: Tarantino, Rodríguez, Haynes, Linklater, Payne y Singleton, sino porque además fue una de las piezas clave en la consolidación de un mercado para el cine alternativo.

 Por Claudio Figari